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¿Habrá paz con el crimen organizado?

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Por: Ing. Esteban Sánchez
Al divulgar información reservada y, de paso, reconocer la capacidad de respuesta del crimen
organizado, se allana el camino hacia la transparencia en temas cruciales para la seguridad del
país
La detención y posterior liberación de Ovidio Guzmán López ha generado cambios
relevantes en la política de comunicación social del presidente Andrés Manuel López
Obrador.Al divulgar información reservada y, de paso, reconocer la capacidad de respuesta del
crimen organizado, se allana el camino hacia la transparencia en temas cruciales para la
seguridad del país.
Nunca se había hecho público un informe sobre operativos militares. El
pasado 17 de octubre la Secretaría de la Defensa Nacional y la Secretaría de Seguridad y
Protección Ciudadana, de manera conjunta, decidieron atender la solicitud del gobierno
norteamericano para detener bajo una orden de extradición al hijo de Joaquín Guzmán Loera,
actualmente sentenciado a cadena perpetua. Ovidio está acusado de conspiración para traficar
cocaína, metanfetaminas y mariguana a los Estados Unidos. El informe militar revela que la
detención de Ovidio Guzmán se hizo sin violencia, pero que se le debió liberar debido a una
inusual respuesta armada de decenas de sicarios coordinados y bien pertrechados que
rompieron los cinturones de seguridad, secuestraron a varios militares e incluso invadieron la
unidad habitacional donde viven sus familias.
La interpretación de estos hechos, pero también la especulación e incluso la descalificación
hacia la estrategia del gobierno federal para enfrentar al crimen organizado -que cuenta con
brazos armados y los moviliza-, hace del Cártel de Sinaloa un referente
sine cuanon
para
dimensionar las rutas por las que, en adelante, habrá de llevarse la estrategia nacional contra
dichos grupos, buscando evitar la confrontación y las muertes innecesarias. El presidente López
Obrador ha insistido en evitar los “daños colaterales” en esta lucha. Incluso ha sido enfático al
afirmar que ya no hay “guerra” contra los cárteles. En este sentido, es revelador el video del
ejército en donde Ovidio, detenido y bajo control de las fuerzas armadas, llama a uno de sus
hermanos para pedirle detener las movilizaciones y el ataque de los sicarios. Si bien la
movilización de sicarios continuó, el alto al fuego se concretó después de un acuerdo por el
cual se le liberó, lo que trajo en consecuencia también la liberación de los militares
secuestrados.
Y ese es el punto de inflexión. Porque la decisión de soltar al hijo del Chapo no sólo evitó una
confrontación armada en la que inevitablemente habría muchos muertos, incluso civiles, sino
también creó un
impasse
por el cual se abre la posibilidad de establecer mecanismos que, en
un escenario hipotético, pudieran llevar al desarme de los grupos criminales, así como su salida
de los negocios ilícitos con el escenario de una amnistía.
La realidad hoy, no obstante, parece otra. El contragolpe armado del Cártel de Sinaloa reveló el
control que de facto tiene sobre la capital sinaloense, a cuya corrompida estructura policiaca o
de alguna otra esfera del servicio público debe pagar bastante bien por cualquier delación. Y es
que la movilización intempestiva de sicarios pertrechados no sólo tendría que explicarse por
errores en el operativo para detener a Ovidio, que los hubo y se han reconocido. Hay que
realizar más lecturas, por ejemplo, que personal infiltrado adscrito a posiciones estratégicas del
gobierno en esa entidad hubiera dado un chivatazo del operativo con lo cual se dispusieron las
condiciones que permitieron negociar la liberación del detenido. Por eso es necesario plantear
que si los sicarios se movilizaron de manera coordinada y que si pudieron llegar a un acuerdo
es porque también han madurado. Las horas dramáticas de fuego y el temor de la población
recogido con videos a través de las redes sociales, son materia atractiva para la crónica
periodística, pero deben trascenderse en abono de lecturas prospectivas, por ejemplo, si
Guzmán Loera habría dejado de tener valor para la sobrevivencia del grupo criminal y de cómo
éste puede coexistir en adelante con un gobierno que no quiere hacerles la guerra pero que
está buscando mecanismos distintos para acotarlos en su fortaleza financiera y en la
modificación de los activos que han hecho crecer el mercado en el cual inciden.
Para dimensionar el anterior contexto es necesario tener presente cómo se efectuaron las
detenciones de Joaquín Guzmán Loera, rostro y emblema histórico del Cártel de Sinaloa, quien
llegó a convertirse en el hombre más buscado por el FBI y la Interpol. La primera captura se
realizó en 1993, la segunda en el 2014 y la tercera en 2016. En total, el Chapo estuvo preso más
de 14 años, pero entre la primera y la tercera captura se mantuvo libre bajo condiciones
precarias. Por razones que habría de hurgar, lo cierto es que el capo no escogió Culiacán como
refugio. Que se le hubiera detenido en Mazatlán y luego en Los Mochis, pero también que
viviera a salto de mata en la sierra de Sinaloa y Durango, constituyen indicadores de que este
personaje habría perdido el liderazgo al interior del cartel, que obviamente siguió activo, pero
sin duda bajo esquemas de dirección distintos, pero sobre todo de mando.
¿Quién dirige ahora esta estructura criminal? No es Ovidio. Y resulta ocioso buscar la respuesta
hoy. Mejor hay que reconocer que la inteligencia criminal existe, por lo cual mantener el
anonimato de su estructura operativa puede ser una medida de audacia por parte del Cártel de
Sinaloa. La complejidad de los basamentos en que descansa el crimen organizado cruza varias
rutas y plantea consecuentemente muchas preguntas en materia de seguridad.
Una de ellas es si a la entidad sede del cártel se le está valorando acertadamente en materia de
inseguridad. En la plataforma Semáforo Delictivo, Sinaloa presentó datos poco significativos
durante septiembre, en especial en los indicadores asociados al crimen organizado. En el caso
de los homicidios, formó parte de las 12 entidades que registraron homicidios por arriba de la
tasa nacional, pero muy por debajo de diez de esas entidades. Cuál puede ser la respuesta ante
una pregunta tan concreta como la siguiente: ¿por qué Sinaloa proyectaba una relativa calma
teniendo en su ciudad capital un brazo armado tan efectivo? No es momento de querer
encontrar la “verdad”. Pero sí de preguntarnos qué tanto sería posible construir la paz en el
contexto del crimen que sigue organizado, se mueve y amenaza.
Por ahora es todo; mientras tanto, ¡!! AQUÍ SI PASA Y MUCHO ¡!! Para cualquier información,
favor de comunicarse a:
editorial@novedadesnews.com
y/o
tulmex@hotmail.com

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