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Mil Máscaras, la leyenda viviente que no fue ni sacerdote ni torero

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* El luchador revela que los libros son su vicio y la pintura su pasión; asegura que la disciplina es la clave para alcanzar el éxito. 1 de 2 partes.

México.- (Notimex) Su mamá quería que fuera sacerdote, pero él deseaba ser torero, sin embargo, el destino lo llevó a convertirse en luchador profesional y con más de 50 años de trayectoria, Mil Máscaras es una leyenda viviente del deporte a nivel mundial. Al sitio donde se presente, su personalidad impone. A sus 75 años, aún luce su alta estatura y su imagen corpulenta. Al escuchar su voz grave saludando con amabilidad a su alrededor, es imposible no voltear a verlo. Ahí es donde empieza el anhelo por querer hallar al hombre, al ídolo detrás de la máscara. Sus fans hacen fila para obtener una foto con él o un autógrafo. Se acercan para saludarle de mano y expresarle lo mucho que lo admiran. Él mira a cada uno y agradece con la humildad que caracteriza a una verdadera estrella del ring. Ya se encuentra listo para el homenaje que le rinde la Filmoteca de la UNAM y en el que se proyecta la película “Mil Máscaras”, de Jaime Salvador, filmada en 1966. Con este ciclo inicia el programa Cine vs Cine en el Museo Universitario del Chopo. Con cientos de triunfos obtenidos, decenas de reconocimientos internacionales, infinidad de películas en su haber y un legado imposible de igualar, Mil Máscaras no se cree “la divina garza”, pues por más éxitos que alcance, asegura que él sigue siendo nada. Es un recordatorio que su madre María de los Ángeles le hizo a tiempo siendo chamaco. Tenía entre 14 y 15 años de edad cuando le dieron una pequeña medalla tras haber ganado una competencia deportiva. Aunque parecía de oro, no lo era, pero él la presumía como tal. “Me la colgaba con el anhelo de que todos me la vieran cuando iba a estudiar y las chamacas volteaban a verme hasta que un día mi madre me dice: ‘Venga para acá’. “Me dio la escoba y me dijo: ‘bárrame la calle’. Le respondí: ‘¿Yo, madre?’ ‘Sí, usted, bárrame la calle´. Con obediencia, sobre todo, agarré la escoba, barrí toda la banqueta y parte de la calle. Incluso, saqué la manguera y le di una pasada de agua”. Al terminar me dijo: ‘No se eleve, usted no es santo, usted no tiene aureola; los santos tienen aureola y pueden elevarse”. ‘Entre más fama, más humildad; entre más poder, más humildad; entre más dinero, más humildad. Siempre vea al mismo nivel al más insignificante como al más encumbrado; al más pobre como al más rico’. “Así que, por más que logre, no soy nada”. La mirada de Mil Máscaras se cristaliza al hablar de su madre. Ella fue maestra de profesión y su gran maestra en la vida. La define como una mujer muy inteligente al igual que su padre. Ambos le enseñaron a que debe mantener los pies sobre la tierra y nunca despegarlos. Su nombre real es Aarón Rodríguez Arellano. Nació el 15 de julio de 1942 en la ciudad de San Luis Potosí y es el más chico de seis hermanos. A los cuatro años aprendió a leer, gracias a su mamá. Conoció a profundidad los libros de sus hermanos mayores que cuando ingresó a la escuela, se aburría durante las clases. Desde entonces, se le quedó el vicio por los libros. Gracias a su buena vista y memoria, lee varios al mes y en su casa tiene una gran biblioteca con títulos de varios géneros, pues no tiene preferencia por alguno en especial. “Tengo libros de todos los acontecimientos del mundo, de muchos años atrás y actuales; tengo como 40 o 50 enciclopedias diferentes. Es uno de mis tesoros, pues aunque tengo como 180 trofeos ni los tomo en cuenta”. Mil Máscaras nunca ha buscado los premios, todos le han llegado solos. Son producto de su trabajo y los agradece, aunque nunca fue su objetivo obtenerlos. Continuar pintando sí es prioridad en su vida. Por lo menos tiene unas 160 pinturas al óleo que no ha exhibido porque el Palacio de Bellas Artes no le ha abierto las puertas. La última vez le dijeron que esperara dos años para que analizaran su propuesta. Entre su obra pictórica destaca una de “La última cena”, pero completa, pues el gladiador considera que a la pintura original de Leonardo da Vinci, le faltó agregar a la personas que invitaron a Jesucristo y sus discípulos al banquete, así como a quienes lo sirvieron. “Vale la pena mi obra porque también tengo a Adán y Eva sin ombligo. Están cubiertos con una flor muy grande que cubre sus partes nobles. Es completamente diferente a como los grandes pintores los han presentado. Además, tengo como a 20 Quijotes y en uno de ellos, Sancho Panza carga al burro y no al revés”. Asegura que nadie le enseñó a pintar, lo aprendió a través de libros y al observar a un pintor de su pueblo. Éste lo hacía mediante una cuadrícula copiando los cuadros que había en la iglesia y le quedaban perfectos. Mil Máscaras logró pintar porque le inspiraba el arte y le gustaba la técnica. Se propuso aprenderlo, lo mismo que convertirse en luchador; aunque para ser uno de los mejores junto con Santo y Blue Demon, tuvo que pagar un precio. “Porque no tiene ningún chiste lograr el éxito si no estás dispuesto a pagar el precio y éste consiste en trabajar más que los demás. Una vez que lo has logrado, trabaja el doble, y cuando hayas trabajado el doble, si te haces más viejo en una profesión como la mía, tienes que trabajar el triple para seguir en el éxito”. Todos los días se levanta a las 5 de la mañana. Sólo duerme cinco horas, pues asegura no requerir de más tiempo para funcionar bien. Es un hábito que tiene desde que era adolescente. “Por las mañanas corro cinco kilómetros y luego hago un poco de pesas. Si no lo hago a diario, procuro que sea cada tercer día. En los grandes hoteles siempre hay un gimnasio y aprovecho la alberca para nadar, para entrenar con un poco de fierros o me salgo a la calle a correr”. Mil Máscaras consume todo tipo de alimentos, lo mismo carne de res, que pollo o pescado. Sobre todo, mucha ensalada y jugos de naranja o piña. No lleva una dieta rigurosa, simplemente trata de alimentarse lo mejor que se pueda en proteínas. Aunque siempre los tuvo a la mano, nunca accedió a los vicios. Quizá sólo a una copa de vino tinto a diario porque, dice, es un dilatador de los vasos sanguíneos, lo cual beneficia al sistema cardiovascular. (Continúa la próxima semana)

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