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A 50 años del gran mito

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Al paso de los años, el mito crece y se diversifica. Corre por ahí la versión de que los estudiantes esgrimían el eslogan: “¡No queremos Olimpiada, queremos revolución!”, que no pasa de ser una reverenda tontería, porque el pliego petitorio del CGH hacía referencia a cosas tan infantiles como el cese de funcionarios y respeto a la autonomía universitaria. Los medios, seca la vena de 2 de octubre, se ocuparon de las Olimpiadas. Este fue un acontecimiento singular. La olimpiada no se apoderó de México, México se apoderó de los juegos olímpicos y les dio una dimensión desconocida. Con el lema de “Todo es posible en la paz”, demostraron a las potencias que teñían de rojo los cuatro confines del planeta, que un pueblo en vías de desarrollo, con un espíritu solidario bien podía suplir sus enormes recursos con el trabajo de su gente y el calor de la amistad. Si tiene que hablarse de un México de antes y después del 68, este tiene que referirse a los Juegos de la XIX Olimpiada, que marcaron un hito y que, además, fueron complementados con la Olimpiada Cultural, en la que participaron artistas de todo género provenientes 97 países, y la Ruta de la Amistad, corredor escultórico ubicado en el Anillo Periférico que terminaba en las sedes olímpicas, con 22 esculturas monumentales de una altura de entre siete y veintidós metros, que fueron aportadas por artistas de todo el mundo. Aquel miércoles 2 de octubre de hace 50 años, se había acordado que en el mitin de la Plaza de las Tres Culturas habría de leerse la respuesta de las autoridades al pliego petitorio que planteaba el Consejo Nacional de Huelga. Para el efecto, dos delegados del gobierno y dos del CGH se encontraban dialogando en oficinas de la Secretaría de Relación Exteriores cuando inició el evento. Apenas terminó el primer orador cuando en la terraza del edificio Chihuahua se dan los primeros disparos y surge la balacera. Según el parte rendido por el titular de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios, durante esa jornada hubo: “Detenidos: Se registran 1043 detenidos distribuidos de la siguiente manera: 363 en el Campo Militar No.1; 83 en la Jefatura de Policía y 597 entre la Cárcel Preventiva de la Ciudad y la Penitenciaría del Distrito Federal. Muertos: 26 personas, entre ellas 4 mujeres y un soldado. Heridos: 100 personas, 73 hombres y 27 mujeres, entre ellos el Gral. José Hernández Toledo, 12 soldados y 7 elementos de diferentes policías (tres de DFS, dos de la Judicial Federal, uno de la Judicial del Distrito y un policía preventivo)”. Mediáticamente, fue diferente. El punto toral de este evento, es que el presidente Gustavo Díaz Ordaz rompió las reglas no escritas del Sistema Político Mexicano al nombrar a su sucesor, como era de rigor, dejando en la presidencia a Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, quien no cumplía con los requisitos de tener un origen humilde, una sólida carrera político- partidista ni haber llegado a los altos niveles de gobierno por méritos propios. Sin esos antecedentes, el nuevo presidente rompió los acuerdos que habían dado un largo periodo de estabilidad, paz y desarrollo al país. La alianza entre los factores de la producción, lograda por Adolfo López Mateos como secretario del Trabajo, se fracturó y hubo fricciones entre el sector empresarial, el gobierno y organizaciones sindicales. Cuando el gran periodista, que fue su amigo, José Pagés Llergo, le preguntó a Díaz Ordaz: “Por qué, don Gustavo, eligió usted a don Luis Echeverría como sucesor suyo en la Presidencia de la República? El hombre lanzó una ruidosa carcajada y contestó: ¡Por pendejo, Pepe. Por pendejo! Y agregó: Pero lo he pagado bien caro, porque todas las mañanas, cuando me veo en el espejo para rasurarme, me doy de cachetadas. ¡Por pendejo, por pendejo!”. Ahí comenzó la noche oscura que ha durado ya mucho tiempo

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